Hay una frase que escucho casi todas las semanas en consulta, y siempre suena parecida.
"Es que cada tres o cuatro meses me da. Me pongo fatal una semana, voy al fisio o me tomo algo, se me pasa, y hago vida normal hasta la siguiente."
La persona que me lo dice suele llevar años así. Ha aprendido a convivir con ello. Y casi siempre me lo cuenta con un tono de resignación, como quien describe el tiempo.
Ese patrón tiene explicación. Y tiene bastante margen de mejora, aunque lleve diez años repitiéndose.
El dolor se va antes de que el problema se arregle
Esto es lo primero que hay que entender, porque de ahí sale casi todo lo demás.
Cuando tienes un episodio agudo de lumbalgia, el dolor suele bajar bastante en dos o tres semanas por sí solo. Es lo esperable y es una buena noticia. El problema es que interpretamos ese alivio como que ya está resuelto.
Y en ese momento normalmente no lo está.
Lo que ha pasado es que la irritación ha bajado. Pero el motivo por el que la zona se irritó sigue exactamente igual: la musculatura profunda que estabiliza la columna sigue funcionando mal, el patrón de movimiento que te llevó hasta ahí sigue intacto, y tu tolerancia a la carga sigue siendo la misma que hace un mes.
Vuelves a tu vida normal con un sistema que aguanta lo mismo que aguantaba antes. Y aguanta unos meses.
Qué se queda apagado después de un episodio
Hay un hallazgo que se repite mucho en la investigación sobre lumbalgia y que en consulta se palpa: tras un episodio de dolor, la musculatura estabilizadora profunda —el transverso del abdomen y los multífidos, sobre todo— no recupera sola su patrón de activación.
Normalmente estos músculos se activan una fracción de segundo antes de que muevas un brazo o una pierna. Se anticipan. Preparan la columna para lo que viene.
Después de un episodio de dolor, esa anticipación se pierde. El músculo sigue ahí y sigue teniendo fuerza, pero llega tarde. Y una columna que se estabiliza tarde es una columna que recibe cargas para las que no estaba lista.
Esto no se arregla con reposo, porque el reposo no reentrena un patrón. Y no se arregla haciendo abdominales, porque los abdominales que se ven en el espejo son otros músculos distintos.
Los tres factores que mantienen el ciclo
Cuando reviso un caso de dolor lumbar recurrente, casi siempre hay al menos dos de estos tres.
La carga diaria que no cambia nunca. Ocho horas sentada en la misma postura, o levantando peso siempre igual, o conduciendo dos horas al día. El cuerpo se adapta a lo que le pides de forma repetida, y si lo que le pides es estar quieto en una posición mediocre, se adapta a eso.
El miedo, que se disfraza de prudencia. Después de dos o tres episodios fuertes, casi todo el mundo empieza a moverse con cuidado. Deja de agacharse del todo, evita coger peso, endurece la zona sin darse cuenta. Y una espalda que se mueve poco y con tensión es una espalda que tolera cada vez menos. El miedo protege a corto plazo y debilita a medio.
El estrés y el sueño. Suena a excusa y no lo es. Dormir mal baja el umbral de dolor de forma medible, y el estrés sostenido mantiene la musculatura en un tono más alto de lo que debería. He visto recaídas que coincidían con una mudanza o con un mes malo en el trabajo, y no con ningún esfuerzo físico.
Qué hago cuando alguien llega con este patrón
Lo primero es descartar. Hay señales que no son musculoesqueléticas y que hay que derivar: dolor que aparece en reposo por la noche y no cede con ningún cambio de postura, pérdida de fuerza que progresa, alteraciones al orinar. Son poco frecuentes, y hay que buscarlas siempre.
Descartado eso, el trabajo va por tres frentes a la vez.
Bajar la irritación. Terapia manual y movilización para que la zona deje de estar defensiva. Esto es lo que más se nota y lo que menos dura si te quedas solo aquí.
Reeducar el control. Recuperar la activación anticipada de la musculatura profunda, empezando por ejercicios que parecen ridículamente pequeños. Tumbada, respirando, sin peso. Esta parte es la que la gente quiere saltarse y la que decide si vas a recaer o no.
Subir la tolerancia. Cargar progresivamente hasta que tu espalda aguante lo que tu vida le pide, y un poco más. Aquí es donde encaja bien el Pilates Reformer, porque permite graduar la carga con precisión mientras la zona todavía está sensible.
La señal de que esta vez va a ser distinto
Te la digo, porque es la pregunta que siempre me hacen.
No es que deje de dolerte. Eso pasa igual con tratamiento que sin él.
La señal es que empiezas a hacer cosas que llevabas tiempo evitando y no pasa nada. Coges a tu hijo en brazos sin pensarlo. Te agachas a por algo del suelo sin la maniobra de flexionar las rodillas con cuidado. Vuelves de un viaje largo en coche y no te has pasado el trayecto calculando.
Cuando eso ocurre, ha cambiado algo de verdad.
Preguntas frecuentes
Si llevas años en este bucle de mejorar y recaer, la conversación que te propongo va de entender qué lo mantiene, no de aliviarte otra vez.
¿Cuántas sesiones necesito para un dolor lumbar recurrente?
Depende del caso, pero en un patrón de años lo habitual es un bloque inicial de seis a ocho sesiones y luego trabajo de mantenimiento, en clase o en casa. Si te prometen dos, desconfía.
¿Me tienen que hacer una resonancia?
En la mayoría de las lumbalgias no aporta nada y a veces confunde, porque aparecen hallazgos que también tiene mucha gente sin ningún dolor. Se pide cuando hay signos que la justifican, no por rutina.
¿Es mejor el reposo o el movimiento?
Movimiento, ajustado a lo que tolere cada día. El reposo prolongado empeora el pronóstico de la lumbalgia. Otra cosa es respetar dos o tres días malos en la fase aguda.
Tengo una hernia discal diagnosticada. ¿Puedo hacer ejercicio?
En general sí, y conviene. Hay que elegir qué ejercicio y con qué progresión, que es distinto de no hacer nada.
¿Por qué me duele más por las mañanas?
El disco se hidrata durante la noche y por la mañana está más voluminoso y menos tolerante a la flexión. Suele mejorar en la primera hora del día. Si no mejora en todo el día, hay que mirarlo.
Antes de entrar a un grupo te valoro de forma individual. Media hora a solas conmigo, incluida en el abono. De ahí sale con qué resistencia empiezas y qué adaptamos.
Clínica Fisio y Fisioestética Marta Chudy | Avenida de los Aparejadores 1, Jaén | 644 288 262